CATEDRAL, TESTIGO DE LA HISTORIA
FUNDACIÓN DEL REAL DE MINAS DE SAN FRANCISCO DE CUELLAR
En la mañana del día 9 de octubre del año 1709, en la hacienda de beneficio de metales de don Nicolás Cortés de Monroy, donde empieza la cañada que lleva al nuevo descubrimiento de Santa Eulalia de Mérida en la reseca serranía conocida como Chihuahua.


Estatua de don Antonio de Deza y Ulloa en la Plaza de Armas, frente a la Catedral de Chihuahua.
 
El gobernador de la Nueva Vizcaya, don Antonio de Deza y Ulloa, convocó a los vecinos más importantes del mencionado real de minas para decidir el lugar donde se establecería la parroquia y alcaldía mayor que atendería la población. Santa Eulalia, la tierra de las minas, permitía el flujo de la plata, pero el agua ahí era tan escasa que, hombres y bestias, solían preferir las márgenes húmedas de los dos cercanos ríos: Chuviscar y Sacramento. Además, la rica mena de las vetas necesitaba del agua para lavarlas de toda su escoria y pasar a beneficiarla.

Será en la fecha mencionada, y bajo una precaria democracia, cuando se dilucide el asunto de la fundación. Congregados los votantes, cada uno entregó por escrito el razonamiento de su voto. El más extenso es el del padre José García Valdés, más metido en el negocio de las almas que en el de los metales. Convencido, dice, entre otras muchas cosas:

[...] me mueve por primera razón, la que los mismos ojos ofrecen a la conveniencia humana; respecto a lo explayado del sitio, abundante de aguas y muchas capacidades donde puedan, los que quieran venir a avecindarse, [hagan] fabricar casas que en lo venidero puedan servir, así de hermosura al sitio, como de útil a sus habitadores.

El clérigo se refería a la junta de los ríos, y no estuvo muy equivocado, pues lo que ahí profetizaba hoy lo podría comprobar con sus ojos y, nemine discrepante, fue el consenso de la mayoría de los congregados.

Más práctica era la opinión del sargento mayor Juan Antonio de Trasviña y Retes, que ya hacía tiempo trabajaba en las orillas del Chuviscar —su hacienda de beneficio se llamaba Nuestra Señora de la Regla—, agregando que: “[...] hay montes firmes para las carboneras y la leña, por todos los cuatro vientos, a distancia de dos, cuatro y seis leguas la más dilatada, sin recelo de que falten los montes en muchos siglos [...]”. Si don Juan Antonio reviviera y contemplara los erizos cerros que rodean Chihuahua, se quedaría pasmado. Mucho más capcioso, don Bartolomé Ortiz de Campos opina que “[...] tiendas y tendajones no se consientan cerca de las minas [...] por el cargo de cuanto se roban [los operarios] encuentran con prontitud quien lo oculte”. Don Juan Matías de Anchondo, muy parco, se limita a decir: “[...] por lo que a mí me toca, digo que, por ser el paraje ya señalado en el río, muy cómodo de aguajes y lo necesario [...] soy de pensar que sea la cabecera”.

Sería fastidioso comentar todas las opiniones de los votantes, pero es de justicia concederle unos renglones a don Eugenio Ramírez Calderón, que sería después eximio síndico en el Cabildo de la futura Villa de San Felipe, y que durante cuarenta años luchó por esta población que él vio nacer. Dice don Eugenio:

Vuestra Señoría perdone la tosquedad de mi ingenio y largo de mi respuesta, digo que: es verdad soy vecino de este real, y haber sido uno de los primitivos [sic] que en él vinieron [y, adelantándose a todos, vaticina] lo primero por los anuncios que en general tenemos de que en este lugar ha de ser una de las ciudades más populosas de la Nueva España; lo segundo por y haber sido elegido el sitio por el general Retana, que en Dios haya.

Es obvio que, entre los presentados, había los que tenían casas construidas e intereses en Santa Eulalia, por lo que resultaba lógico que desearan fuera en este lugar la cabecera. Sin embargo, al computarse los votos resultó un empate entre las dos opciones, pues el caso de Ignacio Rodríguez Gallardo no pudo tomarse en cuenta debido a la ambigua respuesta que dio en su escrito: “doy mi parecer conforme al mandato de Vuestra Señoría”. O sea, acataría lo que determinara el gobernador, el cual ante la disyuntiva emitió su parecer de calidad decidiendo que se fundara en la junta de los ríos Sacramento y Chuviscar.


Ubicación del Nuevo Real San Francisco de Cuellar
 
Así pues, el 12 de octubre de 1709, cubiertas las formalidades del caso, se procedió solemnemente a redactar los autos correspondientes a la nueva fundación. Don Antonio Deza y Ulloa decretó que Santa Eulalia se mantuviera "en el estado en que se halla y no en más, y en lo de adelante ninguna persona de ningún estado, calidad o condición que sea, pueda labrar ni labre casa, jacal, ni otra oficina de habitación, pena de 200 pesos aplicados para la fábrica de la iglesia de dicha cabecera... y entre los vecinos que se mantienen [en Santa Eulalia] se prorrateara lo que fuera necesario para una capilla cómoda donde oigan misa, sin pasar a exceso de fábrica".

En cuanto al nuevo Real añadió: "Ruego y encargo a todos los mineros y dueños de haciendas y comerciantes concurran con sus limosnas para hacer la iglesia parroquial que se ha de poner luego por obra para que a su sombra se vayan abrigando los moradores, dejando plaza en forma, calles y callejones convenientes", y en nombre de su Majestad Real llamó el lugar con el topónimo de Real de San Francisco de Cuéllar. Lo de Cuéllar fue una zalamería de don Antonio para congraciarse con el Virrey Marqués de Cuéllar.

El Real de San Francisco de Cuéllar quedó en el llano elevado a la orilla oriental del Río Chuviscar, muy cerca del punto donde se junta con el Río Sacramento, como se ve en el plano de 1722, el más antiguo que se conoce.


Plano de 1722, que se conserva en el Archivo de la Real Audiencia de Guadalajara.
 

Márquez Terrazas, Zacarías. (2010). Chihuahua, Apuntes para su Historia. Grupo Cementos de Chihuahua.
Bargellini, Clara. (1984). La Catedral de chihuahua. UNAM.
Cremaussel, Chantal. (2010). Chihuahua, horizontes de su historia. Grupo Editorial Milenio.